17/8/09

Lima 16 de agosto del 2009

Casa del nonno

La acallada fluidez del tránsito vehicular, que caracteriza los domingos, era interrumpida por algún distraído peatón que procuraba llegar al otro lado de la calle. Caían gotitas sobre el parabrisas, lo hacían con ritmo y gracia, un artista de los cielos daba pinceladas desde el estilo abstracto de la pintura nubosa. La técnica era el ruido acuático, las gotitas deleitaban al conductor por su particular forma de despedirse luego de desdibujarse. Pero también se presentaban las testarudas, las que esquivaban las continuas embestidas de las plumillas, se burlaban por su hazaña. Imbatibles hasta el freno, ya ahí la gravedad les hacía el juicio. ¡Plaf! Vidrio despejado. Vista diáfana.

Son cambios los que te llevan fijamente a través de cada velocidad. Intercalar posiciones, es el juego de los pies, el uno dos y uno dos de los tobillos. Cuando dejas de manejar por un espacio de tiempo -que ni mantienes en mente- se pierde el hábito y se entra al misterio de no saber si se podrá seguir conduciendo entre las panzonas gotas. Es ahí cuando el estímulo configura el dolor, y la seguridad de un factor preventivo hace que te atrevas a más. A no parar; a no estacionarte en el parqueo de los olvidados.

Pues ella esperaba en el balcón, cobijada en sus paredes ausente del frío y la garúa, tan presente del arribo de él. No era noche, se debatía una reyerta de microclimas, antes de las 5:00 pm apenas se atisbaban a los hombrecillos de las veredas, a esos que están encima solo para decorarlas. Pavimento puesto por hombres en función de los zapatos de otros, de los huecos inexorables y de la basurita que los hombrecillos arrojan a su jefe la vereda.

Al pasar las horas, se compartió el redescubrimiento de facetas tapadas sobre la manta de la niñez. Verla comer era el verdadero gusto, ella se toma su tiempo, coge el cuchillo con una sutileza de algodón, mientras que al lado de la ventana del conductor colgaba el café bañado por las pícaras gotitas que se deslizaban por el Tip Top. La absorción era muda, se mezclaban dentro de la taza en un festival de danza nocturno.

Otro pedacito del sándwich, una mordidita a lo cortado. Y yo que comía mirándola de reojo sin saborear el queso, aprovechando cautelosamente el momento para capturar más la proyección de su imagen definida por el poste de luz que la escoltaba por arriba del hombro. A veces habla y yo no escucho. Es que ya sé qué saldrá de entre sus labios, nos conocemos de antes, de un momento en el que se horneo lo divino y donde la diáspora de virtudes la compuso con una técnica tan hermosa que hacía símil al parabrisas escarchado. Al arte natural de ser ella.

El tobillo quisquilloso controlado, al menos esta noche.

Hasta el otro lado.

2 comentarios:

  1. Esta es una entrada muy inspiradora. ¿Para quién está dedicada, Jorge?

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