12/10/09

Lima 12 de octubre del 2009

En la agencia de la universidad

Tuvo que pasar varios años para poder profundizar –realmente- con una persona que me conoce desde el inicio de mi existencia. Nos sentamos en su terraza mientras tomábamos café, las edades no habían transcurrido por gusto, algunas rayitas surcaban nuestros rostros, formando años y dejando en evidencia esa lejanía impuesta.

Los temas salieron con una naturalidad suave, cada uno con sus posiciones, cada uno con sus percepciones sobre cada acápite familiar, donde el que escribe tenía bajo la manga ninguna de sus acostumbradas cartas. El as de corazones se encontraba cobardemente escondido ya por encima de la nunca. Entonces se habló del porqué de la Hemofilia, cómo así se padece la deficiencia, la ignorancia de años difuminada de un solo cachetazo.

Ella precisaba temas con carácter y determinación no se rendía ante la novedad del momento, las imperfecciones genéticas -resultado de una relación indebida, mas no culposa- se posaba como primer peldaño del diálogo. El padecer compartido en disímiles grados. Un sol que se fijaba hermoso por entre las tejas y el viento que sacudía los adornos colgantes, el ruidito relajante, un buen apoyo ante la tensión del habla.

La hermana duda que me mordía la lengua, que me tenía a tiro, Rinconada que incrementaba su temperatura y el amor detrás de la vitrina que se daba a conocer de a poquitos. Francos al reconocer aciertos y exigua –no intencionada- disposición a escuchar. No se pidió disculpas de ningún tipo, tampoco señas de arrepentimiento, igual convergencia de parientes. Promesa de verse más seguido cada mes, ruptura milagrosa del iceberg del silencio.

Se hizo el domingo 11 de octubre, y el cuerpo que no se daba basto para si quiera levantar un brazo, los pies –locos por la atención: egocéntricos- saludaban con un buen día ácido en el desequilibrio a la bienvenida del suelo. Dos factores de 500 UI, en la suma 1000 UI, la fuga de la sensación fastidiosa vendría todavía por la noche. La soledad del domingo que toca la puerta y que, sin abrirle, ingresa y se acuesta a mi lado respirándome en la sien, con un abrazo que me amarraba sobre el colchón, sumergiéndome en una piscina vacía en medio de una casa de playa, y que en vez de agua, la llena con un montón de hojas secas.

Hasta el otro lado.