9/8/10

Lima 05 de agosto del 2010

Terminado el 09 de agosto (también en MEC)

En MEC

Cusco. Normalmente los colegios van en sus viajes de promoción al “Ombligo del Mundo”. La verdad que mi viaje fue fuera del país, a Venezuela, fue divertido, pero me quedo mil veces con este espacio donde la realidad en la mente de la gente se pone en tela de juicio. La mayoría refiere a la existencia de este lugar al Imperio Inca otros a cuerpos extraterrestres. Lo que haya sido, igual no le quita ni un grado de magnificencia, ni uno.

Me quedé hospedado en un hotel a cinco minutos de la Plaza del Cusco. El ambiente era familiar y seguro. La seguridad no por influencia policial o de cámaras, sino por la presencia de una recepcionista con fortaleza y con espíritu que te decía lo pensaba de una, sin retardantes silábicos. Hablamos de Rosa. Lanzaba consejos y predicciones no siempre acertadas. Por las noches cambiaba de turno por un muchacho sin nombre, bueno, nunca me molesté en preguntárselo tampoco. Siempre usaba una chaqueta con un bordado que silueteaba el nombre de “Víctor”. Así que fue bautizado de tal manera. No emanaba ese mismo espíritu de confianza, pero daba en el clavo cuando se trataba de dar predicciones.

El primer día fue ambientarse. En el hotel me recibieron con un mate de coca, sumamente natural, con las hojas de esta planta flotando. Luego de ello, fui a la habitación y me quedé reposando antes de conocer el centro. Ya con los pulmones menos locos, tomé un taxi que recorrió la Av. Pardo paralela a la Av. El Sol. Al llegar, pude ver la catedral, una pileta al medio, un Bembos y Mc Donalds. Se sabe que el primer día de estadía se come poco o no se come, pues, el hambre pudo más y terminé en el fast food reconocido por sus hamburguesas enanas.

Al día siguiente, tomé el tour de la ciudad, donde pagué poco por el ticket, gracias al carné universitario todo salió a mitad de precio –aún así casi me quedo varado en Cusco por índole presupuestal-. Esa entrada me permitía poder ingresar a varios sitios, de los cuales terminé yendo solo a dos. El tiempo estaba engreído y aún no se solucionada el tema de cómo llegar a Machu Picchu. Tenía que tomar un tren del acertijo e intentar posarme sobre una de las maravillas del mundo.

Como todo era nuevo, era cuestión de indagar bien. Preguntar, ir y nuevamente preguntar una vez que te dabas cuenta que el consejo previo no había sido muy bueno. El auto que me llevaría a Ollanta cobraba S/. 10,00 por persona y demoraba al llegar como una hora y media. El paisaje –como el de casi todo Cusco- es un devorador de minutos. La hora y media parecieron cinco minutos. Entre el olor a mandarina y el rayito de sol por la ventana: llegué.

En Ollanta el esplendor turístico recaía en una pileta seca y niños correteando detrás de una pelota de plástico –miles de bolsas unidas y arrugadas-. En fin, la preocupación central era llegar a la estación de tren, rogar para que me den un pasaje local y arribar lo antes posible para Aguas Calientes, ciudad en la que parten los buses hacia la ciudadela del Inca Dormido.
Machu Picchu es asombroso, de todos los países en que he estado (EE UU, México, Venezuela, Ecuador, Perú y Chile) y en los que solo estuve de pasada (República de Panamá y Colombia) creo que éste está encima de la pirámide jerárquica.

Sus montañas verdes, las nubes blanquísimas que jugueteaban con esas montañas verdes, millones de piedras ubicadas en sitios estratégicos y más piedras que solo cumplían con el rol de serlo. Al leer ciertos escritos de cronistas españoles, descarto la posibilidad de que hayan sido salvajes los pobladores del Imperio Inca. Si bien es cierto, que no conocían la pólvora y que adoraban a otros dioses, no los hace menos.

Su preocupación por la protección ambiental y el uso de ésta, sin perjuicio, es pues, algo inteligente. ¿No? El diferencial armamentista y religioso lo marcó el intercambio cultural que –gracias a su geografía- tuvieron los europeos. Al fin de cuentas no sé qué distancia hay entre adorar a un Cristo castaño y a una piedra en lo alto de una montaña.

Es lo mismo: creer que no estamos solos.
Hasta el otro lado.

3/8/10

Lima 27 de julio del 2010

En MEC
Ahora tengo que usar guantes porque el frío entra a través del algodón, la piel –tejidos- y cala hasta el hueso hincando desesperadamente hasta que te tomas algo caliente y se pasa. Entre las bebidas de esta calaña se tiene, pues, el café –mi favorito-, la manzanilla –cuando ya no hay de otra-, y el plurigrano de Starbucks. Si se compara el primero con el tercero se puede connotar que en verdad el insumo es el mismo, pero la experiencia sí que es otra. No lo digo por el sillón, tampoco el WI-FI, sino por el hecho de saber que hiciste de gran payaso. Del Payaso Sonrisas –ver Toy Story 3-. Sonríe mucho, alza la nariz, que el logo se vea bien, tomate lo que puedes preparar en casa, sin gastar adicionalmente, y cuando te encuentres con alguien por el camino y te pregunten: ¿Qué hiciste? Responde mostrando los dientes: “Fui a Starbucks”. Un desesperando B mostrando el brillo de los colmillos por convertirse en un A (ss).
Volvamos a la lana de los guantes, o sea, al frío. Para no perder la esencia de este blog, pero cumpliendo la promesa de hace unos posts atrás pasaré a hablar sobre la Hemofilia y el invierno. Se escucha G&R a lo lejos.

El invierno y las articulaciones
Bueno, en este punto, hay que ser delicados cuando se habla de dar el primer paso luego de una noche helada. Colocar no más el talón ya te encrespa el cuerpo entero. Hay mañanas más fuerte y otras en las que poner el otro pie ya amortigua las consecuencias de la noche frigorífica. Una alternativa es la de envolver las articulaciones afectadas por tantos sangrados con medias gruesas, de lana, doble media, calentadores o si quieres pásale la voz a tu abuelita para que duerma contigo y te abrace esa unión de huesos que tanto te duele. De todas formas la temperatura llegará a darte un besito.

El invierno y las venas
Cuando estás en reposo, sin actividad física, excesivamente gordo o cuando hace mucho frío las venas tienden a irse a dormir a sus casitas. Son largas y generalmente verdes. Para un hemofílico es sustancial que éstas sean imparables y muy penetrables. Imaginar una revolución de las mismas asustaría a cualquiera de la veneración. Pero… No olvidemos que es invierno y la escapatoria de estas traviesas se frustra practicando alguna actividad física y con una mantita polar. Si quieres celeste y con flequitos –la mantita claro-.

El invierno, los hemofílicos y las veredas
Anda mojado, la garúa se agranda con el pasar de los días, así que ajustarse bien los ojos o los lentes. Una caída de esas te recordará muy bien a los dos ladillos anteriores.
Sí que ha sido una semana de sorpresas, ya se hablara de ella cuando las cosas aterricen un poco más.
Hasta el otro lado.